



El elemento principal para la fabricación es la madera de pino, que cuesta RD$600.00 cada plancha, según un empleado de la ferretería “Lina”, una de las cuatro que actualmente ofrecen servicios comerciales en la ciudad de Miches.
Ya con anterioridad, Chinico, un fabricante de yolas había informado que para la construcción se necesitan unas 25 planchas de madera de pino.
Terminada la embarcación, sigue di-ciendo Chinico, se procede a “asegurarla” con fibra de vidrio. El galón de este material cuesta RD$928 y un secante RD$232 pesos. La libra de clavos vale RD$40.00, un martillo RD$308.00, un serrucho RD$453.00 y el pie de soga cuesta RD$7.00, son los otros elementos que completan la embarcación.
La industria de la yola, cuando se han cumplido los requisitos legales, involucra por viaje de 10 a 12 personas tanto en tareas “burocráticas” como de navegación y prestación de servicios. Cuando el viaje es ilegal En un viaje ilegal a Puerto Rico se pueden consumir entre ocho y diez tanques de gasolina en motores de 28 galones, al igual que dos cuartos de aceite.
Sus beneficios son bastantes rentables cuando a la yola se le da un uso comercial ilícito. Por ejemplo, en un viaje que lleve a 100 personas y que cada una pague RD$35 mil, el beneficio es de RD$3,500,000.
De esa cantidad, RD$200,000.00 cubren el costo del equipo, RD$150,000.00 se lleva el capitán, RD$100,000.00 le tocan al buscón y RD$300,000.00 se invierten entre hotel, transporte, comida y otros servicios. Restando esa cantidad, los “jefes” de los viajes obtienen RD$2,700,000.
“Es que esto es un dinero fácil pero mal habido”, dice Frank Hernández, quien se dedica a la pesca, pero en los años 90 estuvo andando en ese negocio. Hernández asegura que a los capitanes de hoy se les paga el equivalente a tres o cuatro pasajeros, dependiendo del valor que haya costado el viaje, 35 ó 45 mil pesos, cada uno. Pero en 1990, cada pasajero pagaba de 5 a 8 mil pesos. Los capitanes reciben la mitad del dinero antes de irse y al otra mitad cuando regresan.
Tiempo pasado
Hernández mira de frente y no le tiembla la voz para decir con orgullo que en Miches, donde se impusieron los viajes ilegales, la frase “irse en yola” ha desaparecido. Y narra la experiencia reciente: “Hace unos meses que ya no se oye que salió un viaje ilegal, esta actividad se ha dejado atrás”.
Pero antes, construir yolas era una industria que movilizaba una economía de consumo de diversos bienes y servicios, desde productos de ferretería hasta alimentos, hotelería, mano de obra calificada, y personal de servicio.
Oficiales de la Marina de Guerra de esta ciudad aseguran que tradicionalmente los manglares eran los sitios preferidos para construir y esconder las yolas. Cuando estaban listas, solían ser hundidas con sacos de arena para que los marinos no pudieran encontrarlas.
Después de “cumplida la misión”, la yola regresaba a la patria por el mismo rumbo, solo que la entrada a Miches -explica Hernándezes por un sitio distinto al de la salida. Siempre regresaban dos personas: el capitán y su ayudante y en horas del anochecer.
RELATO
EPIFANÍA DE LOS SANTOS
Le habían dicho que esas yolas eran frágiles, pero no temió hasta el momento en que vio a sus compañeros morir. Eran 57 los que viajaban en el 2001 en una yola que naufragó una hora después de partir de Miches con destino a Puerto Rico, y solo quedaron tres: ella y dos hombres.
Ese día era jueves. Epifania de los Santos (Ñeñe) se había preparado para su periplo, motivada por una vecina que había vivido la experiencia. Como el resto de sus compañeros, Ñeñe puso su suerte en manos de los organizadores del viaje, que le costó cinco mil pesos. Comienza a anochecer y el grupo aprovecha para colarse en la oscuridad por los matorrales.
Atraviesan uno de los ríos que bañan las tierras de Miches, mientras la humedad, el lodo, la vegetación y la incertidumbre los arropa. Los hombres proceden a sacar la yola hacia la orilla de la playa y las mujeres se sientan y esperan.
El horizonte se ve en medio del mar. Aceleran el paso para zarpar sin maletas, sólo con unos alimentos enlatados y las cabezas llenas de sueños. Mojados hasta la cintura y algunos hasta el pecho, empujan con dificultad la embarcación hacia las aguas del mar. Pasan horas entre cuentos narrados con voces sigilosas.
A las cinco de la mañana, la yola ya se baña en el mar y el ruido del motor indica que empezó el viaje. Durante el trayecto conversan de cualquier tema sin relevancia para distraer la mente y olvidarse del tiempo que no avanza. A las 6:00 de la mañana, las olas se enfurecen y comienzan a balancearse de un lado a otro.
Ñeñe se asusta, no recuerda que su vecina le advirtiera de posibles fracasos. Muchos empiezan a gritar, piden que se regrese a tierra firme. Otra ola los arrasa y llena el bote de agua. Saltan desesperados algunos de los viajeros, otros lloran como niños. “Nunca había visto llorar así a un hombre”. “No le recomiendo a nadie que se vaya en yola”.

